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Anton Krupicka; El Profeta y la montaña

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“Corriente artística que utiliza elementos mínimos y básicos, como colores puros, formas geométricas simples, tejidos naturales, lenguaje sencillo, etc”, esta es la definición de la palabra minimalismo según el diccionario de la Real Academia Española, una tendencia en alza entre la comunidad de corredores que consiste en correr con el mínimo material imprescindible y que a día de hoy continúa sumando adeptos gracias a los éxitos cosechados por alguno de sus precursores.

No resulta fácil omitir la publicidad por la que somos constantemente bombardeados, y que minuto a minuto ya sea mediante radio, prensa o televisión nos recuerda que existen multitud de complementos para llevar a cabo tareas que hasta hace bien poco realizábamos sin su ayuda. Como tantos otros, el mundo del running también se ha visto engullido por la aparición masiva de componentes que nos facilitan la simple acción de poner un pie delante del otro para avanzar en una carrera, una eclosión de nuevos productos relacionados con el mundo del deporte de la cual ciertos atletas han preferido mantenerse al margen.

Los nombres asociados al minimalismo en la actualidad son muchos, pero quizás el de Anton Krupicka sea el más laureado en los últimos años, alguien que a través de su contacto con la naturaleza es capaz de nutrirse de todos los beneficios que podrían aportarle los avances tecnológicos.

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Nacido un 2 de agosto de 1983 en Niobrara, pequeña villa situada en el estado de Nebraska (EEUU), Anton Krupicka tuvo muy clara su vocación desde muy pequeño. Pasó su infancia corriendo por la granja de sus padres, una parcela de más de 600 hectáreas de terreno natural en el que las montañas, los senderos, los bosques y los barrancos hacían las delicias del futuro atleta. Más de diez kilómetros separaban su casa del colegio, bastó que sus padres le dieran permiso para empezar a recorrerlos a la carrera, un entrenamiento diario que con el paso del tiempo acabó por forjar uno de los mejores ultracorredores de todos los tiempos.

Tras acumular resistencia en sus piernas realizando a pie cualquier rutina diaria Anton Krupicka logró finalizar su primera maratón con tan solo 12 años, 42 kilómetros que ayudaron al joven atleta a tomar el atletismo y posteriormente el Trail Running como una filosofía de vida.
Años más tarde, nuestro protagonista abandonó su hogar para iniciar sus estudios universitarios en Boulder (Colorado), donde en 2005 se convirtió en licenciado en física y filosofía, haciendo bueno aquella frase que reza “Mens sana in corpore sano”, cultivando a partes iguales su cuerpo y su mente. En 2006, con tan solo 23 años de edad, el joven corredor alcanzaba uno de sus sueños, convertirse en atleta profesional, una gratificante noticia para él que complementaría con su segunda licenciatura, esta vez en geología.

Ya en su periodo como universitario tomó como habitual realizar entrenamientos en los que acumulaba cerca de 300 kilómetros semanales, un excesivo correctivo para su físico que sus piernas denunciaban con continuas lesiones, pero no era su afán por vencer en las competiciones el que lo llevaba hasta ese extremo, su impetuosa necesidad por estar en contacto con la naturaleza y su devoción por recorrer todo tipo de parajes indómitos, lo conducían a realizar tan tremendo esfuerzo con una pasmosa dedicación, Krupicka era alguien nacido para vivir y correr en la montaña.

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Su carrera está repleta de éxitos, victorias inapelables en pruebas de dificultad extrema como la Rocky Racoon, la Miwok 100k Trail Race o la legendaria Leadville 100 millas que se disputa en Colorado a más de 3.100 metros de altura y en la que el corredor estadounidense ha logrado hacerse con el triunfo en dos ocasiones.

Para el recuerdo quedan la magnífica Western State 100 millas del año 2010, donde Anton Krupicka brindó junto al catalán Kilian Jornet y al estadounidense Geoff Roes un épico duelo por la victoria, un logro que finalmente se adjudicaría el último de los mencionados, y la mítica Cavalls de Vent de 2012 en la que de nuevo mantendría un histórico duelo con Jornet, quien finalmente se acabaría erigiendo como vencedor.

Su imperiosa necesidad por vivir en contacto con la naturaleza, su larga cabellera y su frondosa barba le han valido el apodo de “El Profeta”, un atleta que en cada una de sus zancadas intercambia energía con el paisaje que le rodea, dejando la suya en el bosque y nutriéndose de la que los parajes, la vegetación y el silencio le ofrecen, un tipo sencillo, hasta tal punto que con una sola frase es capaz de resumir su dilatada y exitosa carrera profesional: “El que me conoce sabe que no corro para ser el mejor, lo hago porque me gusta la montaña”.

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